** El Joven Dario: Chile **

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miércoles, 4 de junio de 2025

¿Qué tan lejos?




Sucedido en diez años entre 2015 y 2025, estos son algunos de los viajes que hice en ese tiempo. Los enumero, podría servir como bucket list:

1. Fasayñán - Chordeleg
2. Parque Nacional El Cajas - Cuenca, loop de la Toreadora
3. Cerro Monjas - Cuenca  
4. Cerro Guagualzhumi - Cuenca
5. Parque Nacional El Cajas - Cuenca, Sector Tres Cruces 
6. Parque Nacional El Cajas - Cuenca, Paraguillas
7. Parque Nacional El Cajas - Cuenca, La Virgen
8. Parque Nacional Huascarán en Perú - Laguna Churup
9. Salar de Uyuni - Potosí - Bolivia
10. Machu Picchu - Cusco - Perú
11. Cumbre volcán Cotopaxi - Latacunga
12. Embalse del Yeso - Cajón del Maipo - Chile
13. Parque Nacional Huascarán en Perú - Camino de Santa Cruz
14. Montaña Machu Picchu - Cusco - Perú
15. Volcán Quilotoa - Cotopaxi
16. Vilcabamba - Loja
17. Parque Nacional El Cajas - Cuenca, Quimsacocha 
18. La Piojera - Santiago - Chile

miércoles, 23 de mayo de 2018

Perros en el Cajón






La razón para visitar Chile dista mucho de un plan perfectamente organizado. ¡Por la razón o por la fuerza! Todo se fraguó en la terraza de un restaurante muy turístico y sobrevaluado donde conocí una chilena quinesióloga, amante de los deportes extremos y el reggaetón. No vamos a hablar de eso acá.

Llegué al medio día al Cajón del Maipo. Un pueblo pequeño a una hora de Santiago. Perfecto para actividades outdoor. La vista se impresiona con las grandes montañas y largos campos verdes. Y el fresco que por la noche será mayor.

Ahí estaba yo haciendo la de turista maravillado con el pequeño pueblo que tenía cuatro casas de ancho y siete de largo. Foto foto foto y para. Comer, Internet y buscar un sitio donde dormir. El Cajón del Maipo sufre las consecuencias de la minería. El río en el que algunos deportistas extremos practican rafting corre peligro. Y no solo el río. La actividad minera copa los pocos espacios disponibles para descansar en el pequeño pueblo. Y eso me puso en apuros.

No encontré espacio para mí en ningún lugar. La gente me miraba extraño y desconfiada. Tienen toda una larga historia que lo justifica. Y eso tampoco ayudó. Por primera vez en mi viaje mochilero me encontraba a la intemperie visualizándome en una banca del parque central, descansando como un mendigo. Y eso pasó. Solo que…

Después de comprar mí cena. Vino en caja, queso, pan, galletas. Me preparaba para dormir en esa banca del parque. Estaba nervioso. La gente que cruzaba por ahí a esas horas no tenía las mejores caras del Cajón. Trataba de parecer despierto. No me recosté. Estaba sentado normal con mi mochila grande a un lado y la pequeña al frente en mi pecho para calentarme. El frío de la noche iba en aumento y no servía mucho esto de dormir con un ojo abierto.

De repente un perro se acercó y se sentó en la banca de la izquierda. Eso me hizo sentir como un mendigo de verdad. Solo faltaba conocer a la mendiga y esto sería otra historia que incluía lluvia y bailes en postes. Pero a falta de uno, apareció otro perro, enorme, parecía un Gran Danés. Cariñoso y algo intenso, se auto invitó a mi banca y se quedó ahí dormido. Ya tenía dos perros a mis costados. Un tercero apareció sigiloso detrás de la banca y se acostó en el llano que ahí había. Minutos más tarde un cuarto se dispuso a dormir justo en frente de mi banca. Cuatro perros cubriendo perfectamente mis puntos cardinales, durmiendo a mi lado, en el parque central del Cajón del Maipo en Chile. Es lo último que se hubiera pasado por la cabeza cuando empecé ese viaje en julio del 2015. (Ya era septiembre) La cara de la gente que cruzaba por ahí me miraba aún más raro. Seguro me veía como “El Señor de las Bestias”, o como la señora criadora de palomas de “Mi Pobre Angelito 2” pero con perros. El nerviosismo que sentía antes se esfumó ante mi ejército canino. Pero tenía que mear. Así que después de esa escena digna de un sacrificado protector de animales que recibe su recompensa me dispuse a encontrar un lugar para descargar.

Salí del pueblo.  O mejor dicho caminé cuatro casas a un costado y los autos que pasaban no me permitían relajarme. No quería ser el extranjero mendigo que ensucia las calles descaradamente. Quería serlo discretamente. Así que seguí caminando en los bordes del pueblo. Llegué a una calle iluminada que no servía para esos fines pero estaba totalmente vacía. Mientras pensaba en eso salió del cerro un tipo alto flacuchento a paso de que tenía algún asunto. Me miró y se me acercaba a paso presuroso. Yo me imaginé lo peor. Pero quería mear y no estaba de humor para que me maten o me roben todas mis cosas. Lo miraba con mi cara más de mierda posible mientras se acercaba. Parecía muy tenso y muy acelerado. En ese frío vestía una ligera camisa abierta a la altura del pecho. Empezamos a caminar lado a lado y empieza a hablarme. “¡Te imaginaí que te asalten a mano armada en pleno Santiago de Chile!” Le lancé mi mirada de John Wick después de que le mataron a su perro querido. Me preparaba para el ataque.

Lo inesperado pasó. Un perro cafecito talla media, clásico callejero, apareció detrás de nosotros. Empezó a ladrar al tipo que intentaba seguir hablando, los ladridos desaforados de lo que parecía ser mi defensor lo aplacaron, y enfurecido lo maldijo y se fue apresurado. El perro no dejó de ladrarle por más de dos cuadras. El tipo intentaba sacárselo de encima lanzando patadas que no lo alcanzaban. Cuando el perro terminó de ahuyentarlo volvió sobre sus pasos. Ni siquiera me miró mi salvador de cuatro patas y gesto orgulloso. Solo se fue por el mismo camino del que salió.

¿Qué significa esto? ¿En verdad me protege algo? Mi madre diría que son los ángeles que me cuidan. Yo no puedo negar lo extraño del suceso. Quién sabe lo que hubiera pasado si no aparecía. Ese día cinco perros me protegieron. Podría divagar por el resto de mi vida sobre esto. Me quedo con lo que diría mi madre.

Después de eso di la vuelta a la cuadra, oriné en un árbol, y seguí mi búsqueda por un lugar para descansar antes de partir al Embalse del Yeso. Esa historia se encuentra en algún post del pasado futuro.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Sin razón y sin fuerza



Mirador Santa Lucía en Santiago de Chile / Foto: Darío Orellana








En Chile se desarrolla el 19 Festival Internacional de Documentales de Santiago (22-27). Hoy pude ver dos documentales del director Fernand Melgar de Suiza. El primero "Album de Famille", y el segundo "Classe d'accueil". Del primero se cuenta una historia de migración de una pareja chilena a Suiza, de por qué, cómo sucedió, qué pensaban y cómo les ha ido. Después de dormirme mas de la mitad de la película, quedé listo para la segunda que fue la mejor.

"Classe d'accueil" explora una escuela para niños extranjeros hijos de refugiados bosnios en su mayoría. Los niños son los protagonistas y se manifiestan muchas veces con una gran sabiduría sobre su situación. Como por ejemplo, los problemas del idioma, su confusión sobre sus padres en el exilio y la adaptación a una nueva sociedad que los adopta, pero que también los ve de lejos.

Los refugiados se sitúan en barrios específicos. Algunos suizos manifestaron su molestia por la nueva coyuntura del sector. Se sentían molestos por que ya no habían muchos suizos viviendo ahí con sus tradiciones y estilo de vida. Algunos niños suizos mencionaban que los niños extranjeros se comportan como lo hacen en sus países, y que se ven raros para ellos. Lo decían inocentemente, aunque es lógico que un extranjero se comporte como lo hacía en su país.

Mientras paseo por Santiago de Chile percibo algo parecido a eso. Compro un café y detectan mi lenguaje foráneo. Enseguida siento una mirada distinta. Aunque cuando la gente me ve piensa que soy chileno. Mi viaje por Santiago de Chile me ha reunido con algunos amigos de Ecuador que amablemente me han recibido o han querido reunirse conmigo. Y empieza la revelación. Me encontré con diálogos desesperados, como si nunca los hubieran escuchado antes, como si hubieran estado atrapados. La queja homogénea algo triste de lo hermético de la sociedad chilena.

Y es que sí. Es así. Y hay mucho por develar. La persona que me acogió en un inicio es una chilena honoraria. De origen canadiense que ya vive en Chile más de treinta años. Ella es una persona que ha contribuido mucho a la sociedad chilena y lo sigue haciendo. Mi introducción a Chile vino de ella. Abordamos temas de turismo, periodismo y estilo de una mejor vida. No pude caer en mejor lugar. Los temas principales fueron el Chile de la pasada democracia, el terrible paso de la dictadura que dejó marcas en muchos (incluso se dice  que algunos no se dan cuenta que las tienen), el Chile indiferente de hoy resultado de varios sucesos, la élite y su discurso. Los bandos políticos.

Mi experiencia empezó de una forma distinta a todo lo que se podría decir desde afuera de Chile. Me encontré con una ciudad hermosa, ordenada, limpia, con gente hermosa, y claro el neo liberalismo en forma del edificio más alto de Sudamérica, el Costanera, que se interpone en mis intentos de fotografiar Santiago con un fondo montañoso. Sin mencionar las franquicias más conocidas del planeta en cada esquina. Sucumbí a la del café.

En Ecuador tampoco somos santos, en Cochabamba escuché de un chileno decir que no les tratan tan bien en mi país. Es verdad, lo he hecho, lo he visto. En mi ciudad, Cuenca, también hay ciudadanos de Irán, China, Perú, Colombia, España, Cuba, Pakistán, India, Argentina, Francia, etc. Algunos se insertan mejor que otros en nuestra sociedad. Pero no es un tema que se discuta en las reuniones con los amigos. Incluso oí que en las escuelas y colegios solo se agrupan entre ellos. Mostramos nuestro hermetismo con éxito, aunque no es lo mismo con norteamericanos o europeos a quienes acogemos con una facilidad de trato que podría envidiar incluso la propia familia.

Aquí entran temas de raza, imagen de los países, economía, lenguaje, estereotipos, xenofobia. Cuantas veces nos llenamos de discursos vacíos sobre tolerancia, igualdad, el bien común, cuando cada vez es más frecuente escuchar que nos invadieron los gringos veteranos y que se ha encarecido la vida en Cuenca. Pero nos tomamos un trago en el Mayu y brindamos con ellos mientras hablamos de alguna visita a su país, o sobre la ley de herencias.

Nos parecemos en muchas cosas discutibles, eso ya nos unifica, ya empezamos por algo.

Uno de los niños del documental mencionó que extraña Bosnia, pero que cuando regresa siente que quiere volver a Suiza, y que cuando está en Suiza quiere volver a Bosnia. No sabe por qué. ¿Inconformidad? ¿Capricho? ¿O es que entiende de alguna forma que hay algo irremplazable en cada uno de esos sitios? Ese sentimiento confuso es la clave. Veía alguna película sobre el tipo que desespera y que hace un viaje. El cliché de hoy. Decía que todos buscan la felicidad, y que se olvidan de la felicidad de la búsqueda. Porque quizás no hay respuesta, Pico Iyer dice algo así: "Muchos viajamos para encontrar respuestas, pero yo viajo para encontrar mejores preguntas"


Museo Bellas Artes Santiago de Chile / Foto: Darío Orellana


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Idea suelta:

 Algo así se menciona en el documental: El amor puede cambiar el mundo, así como la guerra.

Historia suelta:

"Un antropólogo hizo una broma con niños de una tribu africana. El puso un saco lleno de frutas junto a un árbol y dijo a los niños que el primero que llegara ante el árbol ganaría todas las frutas.

Dada la señal, todos los niños salieron al mismo tiempo y cogidos de la mano. Entonces se sentaron juntos para aprovechar la recompensa.

Cuando el antropólogo preguntó por qué habían actuado de esa manera, sabiendo que uno entre ellos podría haber tenido todos los frutos para sí, ellos respondieron: Ubuntu, ¿Cómo uno de nosotros puede ser feliz si todos los demás están tristes?"

Ubuntu en la cultura Xhosa significa: "Yo soy porque nosotros somos".